CRONICAS DE UN PUEBLO XVIII

Crónicas de un pueblo XVIII

Si algo ocurre en el pueblo en estos días de fiestas es la celebración. Se celebra el Santo, la Virgen o la fiesta por la fiesta, pero se celebra.

Durante el año celebramos en el calendario algunos acontecimientos, pero  ninguno tan multitudinario y participativo como las fiestas del pueblo, esto si que es celebrar. Una comisión del Ayuntamiento ha preparado el programa y lo lleva a cabo, la gente se reúne en cuadrillas, peñas o familia y organiza las celebraciones. Se acude a los supermercados cercanos a comprar, se deciden los fastos, cuando y donde, se pone dinero en común. Se invita a amigos de otras localidades…la celebración por todo lo alto.

Estar presentes en cualquier celebración  no consiste en ser el alma de la fiesta, o el mandamás o el que más curra, que también, se trata mas bien de darle el sentido transcendente que tiene, de sentirlo y vivirlo desde el corazón.

No es una fiesta más, no es una comida o cena más,  se trata de un compartir muy especial, se viene repitiendo desde hace años, incluso siglos, agrupa a la gente que quieres y te importa, o tan solo conoces a unos pocos y la fiesta te permite conocer a más. Es un rito iniciático de quien quiere acoger, compartir  y sumar para ser uno en la alegría.

Hemos perdido la cultura del celebrar. La hemos dejado aparcada para acontecimientos muy especiales y concretos; el nacimiento de una criatura, una boda, un cumpleaños…e incluso alguno de éstos ya ni se celebran como antes, como dicen los del pueblo. Antes si que se celebraban las buenas noticias. ¡Claro no había tele ni radio¡, comentan.

Dice una canción que suena estos días en las barracas de feria: “Celebra la vida, celebra la vida…”

Saber celebrar es toda una sabiduría. La mujer y el hombre consciente, contemplativo, sabe que cada instante de la vida merece una presencia y en  ella, al  respirar celebra la vida.

En estas fiestas nos corresponde a los contemplativos incorporar la mirada de celebración, que comienza por vivir el presente sin incorporar presagios de mal agüero o tocando temas espinosos y poco queridos por los paisanos, es decir, no ser una “aguafiestas”, como  dicen por acá y, sobre todo poner el corazón en lo que decimos y sentimos.

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