CRONICAS DE UN PUEBLO XVII

Crónicas de un pueblo XVII

La alegría!, esa emoción expansiva y primigenia junto con la tristeza, la ira, el hartazgo, la sorpresa y el miedo con las que venimos programados a este mundo, es la protagonista de la Fiesta de un pueblo. Todo el mundo esta o intenta estar alegre. Y aquí reside la primera observación de la mujer y el hombre consciente, el contagio que la alegría supone para el resto. Nos damos cuenta de como con pocos detalles se puede lograr la alegría en nuestros corazones. Un abrazo, una sonrisa, unas palabras, pequeños gestos de amistad y amor que se fomentan estos días con estruendo en esos abrazos entre parientes y amigos en los reencuentros y que tan sonoros son en algunas ocasiones. Que fácil resulta hacerlo de manera atenta y consciente para que toda la energía que produce el momento provoque su efecto más inmediato, la sonrisa, ese gesto en la cara que tanta información da al cerebro y que es interpretado por los otros cerebros también. Sonreir, sonreir, es la seña de identidad de la mujer y el hombre despierto y volver a ella cuando se desdibuja, cuando alguien nos informa de un triste suceso en medio del encuentro inesperado y la noticia aún menos esperada con aquella expresión ¡¿No te has enterado!?, entonces, respirar, volver a la  sonrisa para anclar en la expresión facial toda la bondad del corazón que el otro recibirá agradecido, pues su mente así lo atestiguará.
No es fácil sostener una sonrisa en estos inesperados momentos, pero es la respuesta de quien consciente y atento desea cambiar la energía del momento.

Pero también viviremos de cerca la realidad de quienes quieren más alegría que la natural y esencial y la buscan con química. Somos química y alterarla es fácil si acudimos a sustancias que introducimos en nuestro cuerpo alterando nuestro estado de consciencia. La creencia popular y cultural es que en determinadas dosis es normal admitir estos estados alterados de consciencia. Sumergirse con atención en estos procesos  de comunión, casi sacramental, entre amigos, en peñas o grupos familiares, en los que beber y comer, se convierte en expresión de alegría, requiere presencia. Los ritos iniciáticos hacía la alegría en los pueblos se conservan a través de procesiones, reuniones, y desfiles, en los que siempre se acaba frente a una mesa en la que disfrutar las viandas y los manjares  preparados para la ocasión. Es el momento de decidir cual es mi deseo, pues dentro de poco, cuando la ingesta de alcohol y otras sustancias se haya elevado a niveles superiores a los habituales, mi voluntad dejará paso a otro sistema que nos llevará más hacía los impulsos que hacía la inteligencia. Cada uno decide.

Estar alegre no es lo mismo que ser alegre. En los pueblos lo saben. Hay quien no necesita estar alegre pues es una persona alegre. Hay quien necesita estar alegre para que surja la alegría en su vida y hay quien es expresión de la propia alegría. En las fiestas de los pueblos sorprenden algunas personas cuando, por la ingesta de sustancias para estar alegre, se comporta de una manera diferente a la habitual.

Por último, el baile, el movimiento del cuerpo. En algunos pueblos contamos con ritos iniciáticos hacía estados diferentes de consciencias como son los bailes tradicionales, las danzas, en otros esta expresión folclórica no es tan profunda y se hunde en la historia. El cuerpo está en el ahora, es el único que lo está, las emociones van y vienen, al igual que los pensamientos. Ser consciente del cuerpo, habitarlo, es tarea de la mujer y el hombre consciente. Podemos alterar nuestros estados de consciencia tan solo con bailar, sea un baile moderno o tradicional. Sumergirse con atención en lo que surge al bailar es una gran experiencia. Estar presente en el conjunto de sentimientos y pensamientos que surgen al bailar es fuente de sabiduría, efímera, para el momento,  para ese justo instante, pero sabiduría. Sabré que decir y hacer cuanto bailo si lo hago de manera consciente y, tal vez sea ésta la manera en que se  han conformado tantas parejas, en el primer baile.

La alegría es efímera cuanto se construye para un tiempo, las fiestas, pero es fuente de recuerdos, patrimonio intangible del que disponemos para el resto del año, para el invierno, en el que recordaremos con una sonrisa todos estos momentos que ahora vivimos con intensidad.

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